Cómo adaptamos un cuento para el teatro

(sin traicionarlo ni copiarlo)

En L’Arcaza llevamos años adaptando cuentos para infancias. Susana Olaondo, Horacio Quiroga y ahora con los cuentos por Teléfono haremos  Parque Rodari . Y aunque lo hacemos seguido, el proceso nunca deja de ser raro y apasionante.
Porque un libro tiene palabras. Oraciones que describen cosas. Dibujos con formas y colores. Personajes que hacen cosas. Y nosotros tenemos que agarrar todo eso y pasarlo a otro lenguaje completamente distinto: cuerpos en un espacio, frente a un público, en tiempo real, sin pausa ni rebobinar.
A eso le llamamos trasvasar. Como pasar un líquido de un envase a otro. El líquido es el mismo -la historia, la emoción, algo esencial del cuento- pero la forma cambia completamente. Tiene que cambiar.

¿Y cuál será la nueva forma? Esa es la pregunta con la que empezamos siempre.

Y la respuesta honesta es: no lo sabemos todavía.

​Porque la forma depende de cuántos actores tenemos, qué tipo de espacio vamos a usar, y para qué público. Eso último es crucial cuando trabajamos para infancias. No es lo mismo hacer teatro para niños y niñas de 2 a 5 años que de 6 a 12. No es un detalle menor —es casi otra obra.

​Lo primero: leer el cuento como si fuera la primera vez

Sin pensar todavía en escenas ni en personajes. Dejar que el cuento afecte. Preguntarse qué queda después de leerlo. No la trama —eso es fácil. Sino qué imagen, qué sensación, qué pregunta sigue dando vueltas cuando cerrás el libro.

Eso que queda es lo que hay que llevar al escenario.
Después viene la parte que más nos gusta y que menos se cuenta.

La improvisación colectiva

Metemos el material en la sala y lo soltamos. A veces dividimos el grupo en dos y cada mitad desarrolla su propia propuesta escénica para la misma obra. Después las contrastamos. Las unimos. Tomamos una escena de una versión y otra escena de la otra.

Parece caótico porque lo es.

​Y de ese caos salen cosas inesperadas. Cuando decimos inesperadas es inesperadas. Cosas que ninguno hubiera encontrado solo, sentado frente a una hoja. La diferencia de miradas entre los actores, los accidentes que ocurren en el ensayo, las obsesiones que cada uno trae -todo eso entra al cuento y lo transforma desde adentro.

​Después viene la organización. Decidimos dónde va una canción, dónde una dinámica con el público, qué cosas se cuentan a través del Cuenta Historias y qué cosas se representan con personajes. Evaluamos qué técnicas usar: títeres, sombras, actuación, canción.

Todas esas formas se revuelven en la olla.

Y lo que queda, cuando el hervor baja y uno mira adentro, es el nuevo cuento. Ahora en formato obra teatral. Con la esencia de Rodari o de Olaondo todavía ahí, pero con una forma que solo podía nacer de este equipo, en esta sala, en este momento.

Eso es lo que hacemos en L’Arcaza cuando adaptamos un cuento para el teatro.

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