El teatro para niños no es solo para ir en Vacaciones

Hace poco nos llegó un mensaje por las redes. Una chica de veintipico de años nos escribió para contarnos que su primera vez en el teatro había sido viendo Una Pindó. No recordaba demasiado — los detalles se van con los años — pero sí sabía con certeza que había sido nuestra obra. Y que había sido la primera.

Ese mensaje nos quedó dando vueltas varios días.

Porque hay algo en la primera vez que vas al teatro que se queda grabado de una manera que no se explica del todo. No siempre recordás la historia completa. No siempre recordás los nombres de los personajes. Pero recordás algo: una emoción, una imagen, una sensación de que el mundo podía ser de otra manera por un rato. Eso es invaluable. Y Una Pindó ya lleva muchos años en escena (más de veinte), lo que significa que hay muchas primeras veces que ocurrieron gracias a ella.

Nosotros tenemos una teoría: ir al teatro en familia es un ritual que se transmite. Como el amor por la lectura. Como la música que suena en una casa y que de pronto un día, sin que nadie lo planifique, un hijo o una hija empieza a tararear. El teatro funciona igual. No se hereda por genes — se hereda por experiencia compartida.

Y esa experiencia no tiene por qué esperar a las vacaciones de invierno.

La lógica de que el teatro para infancias es «en vacaciones de invierno» es un hábito, no una ley. Un hábito cómodo, pero que deja afuera muchos domingos, muchos sábados, muchos momentos en que una familia entera podría estar en una sala oscura esperando que empiece algo.

Algo que nos encanta de ese momento previo, cuando el público está entrando.

Los que corren por los pasillos. Los que se quedan sentaditos mirando el escenario vacío. Los que ya negocian qué quieren ver antes de que empiece. Las madres, los padres, los tíos, las abuelas -todos en el mismo espacio, con la misma disposición rara de quien sabe que está a punto de que le cuenten una historia.

Y entonces, cuando falta poco, empieza el canto inevitable: ¡Que empiece! ¡Que empiece!

Es toda una responsabilidad para los que estamos por entrar a escena. A veces también nos da un poco de miedo -de que todos esos pequeñitos que gritan nos deshagan cuando salgamos, pero nunca pasa. No pasó nunca. Y salimos a escena, arranca la obra y todos participan con alegría.  

La función tiene canciones, risas, tensión, desarrollo — tiene de todo. Y de todo lo que tiene, no falta nada. Y justo al final, termina. Ni antes ni después.

al final

Todos aplauden. Nosotros los esperamos en la puerta. Nos sacamos fotos, hablamos de los libros que leyeron, de cuántos años tienen, de cómo se llaman, de cuándo nos van a ver de nuevo. Algunos quieren volver al día siguiente. Alguna vez nos invitaron a comer a su casa.

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